Entre perlas y salmones

Por Estela Pardal

Agosto, 2026

"Desde antes de tomar la primera bocanada de aire, la muerte y la enfermedad transitan por nuestras venas"
Carlos A. Jáuregui y David M. Solodkow

¿Cómo puede cambiar un siglo o un corazón / si nadie pregunta, / A dónde han ido / todos los nativos?
Natalie Diaz

Entre el 2004 y el 2026 en Chile se reportaron 274 accidentes de buzos en centros de cultivo de salmones, de los cuales 49 concluyeron en la muerte del trabajador. El 8 de enero de este año falleció bajo el agua el buzo Manuel Matus. El 5 de junio, a 37 metros de profundidad, murió Víctor Guerrero. El 2 de julio Damián García falleció, también, realizando labores submarinas. Todos murieron en centros de cultivos marinos, subcontratados por grandes conglomerados.

Durante la colonia española, el buceo fue una práctica habitual para la extracción de perlas en el Caribe, especialmente en las aguas de la actual Venezuela. Como señala Molly A. Warsh, la industria perlífera fue una actividad extractiva importante para la expansión y acumulación de capital de la metrópoli. Sin embargo, la extracción masiva de perlas fue posible gracias al trabajo forzado de indígenas americanos y africanos esclavizados, quienes fueron obligados a dedicar su vida a estas labores.

Bartolomé de Las Casas relata en Brevísima relación de la destruición de las Indias que los indígenas eran obligados a meterse al mar y descender entre 5 y 8 metros desde el amanecer hasta el anochecer. Cuando volvían a la superficie para respirar en la canoa, desde donde descendía la cuerda que los guiaba bajo el agua, se encontraban con su "verdugo español". Si consideraba que habían descansado demasiado, este los golpeaba y "por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar". Durante la noche, además, dormían en un cepo —un instrumento utilizado para inmovilizar a una persona sujetando sus manos, garganta y/o pies— para evitar que escaparan.

Muchos de ellos ni siquiera lograban volver a la superficie. Algunos eran devorados por tiburones antes de alcanzar la canoa, otros morían ahogados, de hipotermia, por "echar sangre por la boca" o por "apretamiento del pecho". Las condiciones de trabajo eran tan extremas que Las Casas concluye su relato describiéndolas de la siguiente manera:

La tiranía que los españoles ejercitan contra los indios en el sacar o pescar de las perlas es una de las crueles y condenadas cosas que pueden ser en el mundo. No hay vida infernal y desesperada en este siglo que se le pueda comparar…dándoles tan horrible vida hasta que los acaban y consumen en breves días… En este incomportable trabajo, o por mejor decir ejercicio del infierno, acabaron de consumir a todos los indios lucayos que había en las islas cuando cayeron los españoles en esta granjería.

Al poner en diálogo estas experiencias con las de los buzos chilenos subcontratados del siglo XXI, aparecen ciertas similitudes que resulta difícil ignorar. No se trata, desde luego, de afirmar que ambos regímenes de trabajo sean equivalentes, pues los separan siglos y contextos históricos, económicos y jurídicos radicalmente distintos. Sin embargo, en ambos casos encontramos cuerpos expuestos a condiciones extremas de trabajo, donde los riesgos propios de la actividad pueden terminar convirtiéndose en riesgos para la propia vida. Creo que la comparación permite abrir una reflexión sobre la manera en que ciertas formas de trabajo extractivo han descansado, históricamente, sobre una distribución desigual de la exposición al peligro, haciendo recaer sobre algunos cuerpos una mayor proximidad al riesgo y, en sus formas más extremas, a la muerte.

En 2025, el Sindicato de Buzos Profesionales de Chile denunció condiciones de trabajo extremas, como jornadas de 20 días seguidos por 7 de descanso. El informe "Made in Chile: Trabajo forzoso y explotación laboral en la industria del salmón", de la fundación chilena Libera, evidenció la presencia de trabajo forzoso en la industria, especialmente respecto al trabajo de los buzos: condiciones abusivas y mortales, intimidación, falta de acceso a agua y comida adecuada, horas excesivas, engaño y abuso de la vulnerabilidad de los trabajadores. Todo esto —considerando que el buceo es, en sí mismo, un trabajo de alto riesgo— evidencia un modelo económico y político que deliberadamente instrumentaliza la vida de los otros en función de producir y reproducir capital. Dinámica que, de hecho, se instauró en el continente a partir de la conquista española.

El orden mundial moderno —o posmoderno, según desde donde se mire— no puede entenderse sin tener en cuenta la colonialidad y la invención de la raza como precondición, afirma la antropóloga Rita Laura Segato. La autora asevera que "las independencias no deshicieron la colonialidad, que permaneció y se reprodujo como patrón para las formas de explotación del trabajo, configuración de las jerarquías sociales, administración política por parte de los ahora Estados republicanos nacionales, y la subjetividad". Durante la colonia se fundan y organizan las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales que aún determinan nuestro presente: un patrón que, dice Segato, nunca se desconstituyó. El capital producido a partir de la explotación de la fuerza de trabajo de los buzos, ya sea extrayendo perlas o salmones, en palabras de Marx, "es trabajo muerto que, como un vampiro, sólo revive chupando trabajo vivo y revive tanto más cuanto más chupa". El poder de decisión sobre el manejo de la vida es una constante, ya sea en el siglo XVI o XXI. Está en manos de la empresa colonial la vida del buzo indígena, está en manos de la empresa salmonera y del Estado nacional la vida del buzo chileno.

El poder sobre la vida de la masa humana dedicada a producir radica en "hacer vivir o dejar morir", según Foucault: no se busca acabar con la vida, sino hacerla lo más productiva posible. El francés elabora el concepto de biopolítica para referir a esta forma de control político sobre la vida en función de los intereses del capital. El inicio de la puesta en escena de la biopolítica se suele asociar a los siglos XVIII y XIX; sin embargo, los investigadores Carlos A. Jáuregui y David M. Solodkow postulan que, en realidad, la biopolítica comienza a operar como tecnología de gobierno en la Conquista española del continente americano:

Creemos que la Conquista no fue simplemente un movimiento expansivo de reterritorialización que puso bajo la soberanía de la Corona española vastas tierras y numerosos pueblos, sino sobre todo una masiva instrumentalización de la vida de los otros. Los análisis biopolíticos —de corte eurocéntrico— generalmente han ignorado las experiencias específicas de dominación y gobierno colonial de la vida que siguieron al "descubrimiento" de América, cuando numerosísimos grupos humanos fueron subyugados, vistos y gobernados como rebaños humanos, sometidos a procesos de conversión, trasladados de una zona a otra, de un continente a otro, de una isla a otra, racializados, reducidos y confinados para su mejor gobierno y explotación, y sus vidas fueron consideradas en cálculos demográficos, políticos y económicos.

Pienso en las personas de las que habla Las Casas y en la "vida infernal y desesperada" a la que fueron sometidas. Los pueblos y las civilizaciones anteriores a la invasión europea contaban con sus propios valores, creaciones, creencias, saberes, lenguas. Toda aquella diversidad de formas de vida humana y cultural se redujo a las categorías "negro", "indio" y "criollo" en función del "sistema de administración colonial y a la explotación del trabajo", en palabras de Segato. Pienso en aquellos "indios" obligados a morir buceando con tiburones, buscando perlas para las reinas de Europa. Me pregunto, ¿a qué pueblos pertenecía cada uno de estos "indios"? ¿Qué lengua hablaban? ¿Cuáles eran sus nombres?

El colonialismo que "sobrecodificó al Otro y al mundo ajeno para apropiarlo o exorcizarlo" lo hizo, en gran parte, a través de la escritura, afirma Jáuregui. España no crea ni descubre un "Nuevo Mundo", sino que escribe sobre un mundo complejo ya codificado y lleno de sentido, "un mundo que fue encubierto por la letra". Se escribe sobre lo Otro, se habla por lo Otro, se reescriben, queman o ignoran los "textos" del Otro.

¿Qué hacer con los vacíos que deja lo no nombrado? ¿Es posible acceder, al menos, a simulacros de verdad sobre aquellos que, desde la Conquista, dejaron de ser escuchados? Derrida afirma que sí, porque al trabajar con el archivo una respuesta espectral siempre es posible. Para Derrida, un espectro "es la frecuencia de cierta visibilidad. Pero la visibilidad de lo invisible y también es, entre otras cosas, aquello que uno imagina, aquello que uno cree ver y que proyecta: en una pantalla imaginaria, allí donde no hay nada que ver".

Como pistas de un crimen sin resolver, los indicios de los espectros que busco están casi exclusivamente en los documentos coloniales o en las representaciones europeas del "Nuevo Mundo". El artista Giovanni Stradano dibujó desde Italia, bajo el patronazgo de los Médici, una escena de extracción de perlas en América (Pearl Diving, Figura 1), que Warsh destaca por su atención inusual a las prácticas reales de la recolección —la técnica del buceo con cuerdas, las rancherías costeras—. Me interesa este dibujo como pista visual de los cuerpos que la escritura colonial perdió.

El antropólogo colombiano Weildler Guerra Curvelo estudió la "Ranchería de Las Perlas" del Cabo de Vela y documentó que los buceadores allí concentrados provenían de doce pueblos indígenas distintos: onotos, caracas, caquetíos, piritas, cumanagotos, chuaos, quiriquiríes, petares, baturas, unares, guaricos y maracapanaes. Doce pueblos, doce culturas, doce lenguas o dialectos, reducidos por la escritura colonial a una sola palabra: indio. De ellos, según el censo de Venezuela del 2024, solo el pueblo Cumanagoto sobrevive de forma numerosa, con 20.815 personas identificadas; el Píritu y el Kaketío persisten apenas con un puñado de personas. Nombrarlos, aunque sea de manera fragmentaria, es ya una forma de resistir a la reducción que operó —y sigue operando— la categoría "indio".

Vuelvo entonces a las fuentes coloniales para revisar las grietas que dejaron respecto de la construcción del Otro. El jesuita José de Acosta habla brevemente de la industria perlífera en su Historia natural y moral de las Indias. Inicialmente refiere a las perlas como elemento de riqueza del reino; luego, a quienes se encargan de extraerlas:

es con harta costa y trabajo de los pobres buzos: los cuales bajan seis y nueve, y aún doce, brazas en hondo a buscar los ostiones… El frío del agua allá dentro del mar es grande, y mucho mayor el trabajo de tener el aliento estando un cuarto de hora a las veces, y aún media, en hacer su pesca. Para que puedan tener el aliento, hácenles a los pobres buzos que coman poco y manjar muy seco, y que sean continentes. De manera que también la codicia tiene sus abstinentes y continentes, aunque sea a su pesar.

De manera menos tajante que Las Casas, Acosta refiere a la codicia de los españoles y a la violencia sufrida por los "pobres buzos" esclavizados. Pero, como en Las Casas, su representación reduce a estos sujetos al papel de víctimas inevitables, sin conservar rastro de su subjetividad ni del pueblo al que pertenecían —diversidad humana y cultural comprimida en las categorías raciales que Aníbal Quijano entendió como "el más eficaz instrumento de dominación social inventado en los últimos 500 años".

No son únicamente violentas las condiciones materiales de producción y existencia a las que fueron y siguen siendo sometidos los pueblos indígenas de América y las poblaciones africanas: también puede ser violenta la manera en que estos sujetos son representados. Spivak denomina a este proceso "violencia epistémica" y señala que su forma más clara consiste en el proyecto, amplio y heterogéneo, de constituir al sujeto colonial como "Otro" —la "anulación asimétrica de la huella de ese Otro en su más precaria subjetividad".

La violencia epistémica opera, entonces, a través de los marcos de conocimiento desde los cuales ciertos sujetos son descritos, interpretados y representados. Incluso una representación que pretenda reivindicar al sujeto subalternizado puede reproducir, sin proponérselo, relaciones de poder cuando habla por él, lo convierte en objeto de conocimiento o lo encierra dentro de categorías producidas desde una posición dominante. El problema no es únicamente quién tiene la posibilidad de hablar, sino también quién puede ser escuchado, bajo qué condiciones y dentro de qué marcos.

Yo misma, al escribir estas palabras, intento hablar sobre quienes fueron históricamente privados de la posibilidad de inscribir su propia experiencia en los relatos dominantes. Intento, quizás, abrir una grieta para escuchar otras voces. Pero esta misma escritura me exige ser cautelosa porque yo no soy ese Otro, ni puedo experimentar desde su lugar aquello que significaron —y aún significan— las atrocidades del colonialismo. Mi posición no es exterior a las relaciones de poder que intento cuestionar; escribir sobre estas experiencias implica reconocer los límites de mi propia representación y preguntarme constantemente desde dónde hablo y a quiénes puedo estar desplazando o silenciando al hacerlo.

Los efectos y estructuras de esta problemática persisten, de formas históricamente transformadas, en el presente. En Chile, la relación entre el Estado y el pueblo mapuche continúa atravesada por un conflicto de larga duración, cuya persistencia reconoció la Comisión Presidencial para la Paz y el Entendimiento en 2023. En la Amazonía, pueblos como los Yanomami y Munduruku siguen enfrentando disputas y amenazas sobre sus territorios, ante las cuales el Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación Racial ha debido llamar específicamente a garantizar su protección.

Representar al Otro supone siempre el riesgo de volver a inscribirlo dentro de los mismos marcos que históricamente han contribuido a borrarlo. Reconocer ese riesgo no resuelve la violencia epistémica, pero permite, al menos, comenzar a interrogar la posición desde la cual hablamos y las condiciones bajo las cuales creemos estar escuchando.

Ciertamente, la anulación de la subjetividad que el racismo colonial asume en su escritura nos separa de los sujetos colonizados, encriptando "la violencia que la hace posible", afirma Jáuregui. Mas es únicamente esta escritura la que nos permite acercarnos a los espectros que queremos conjurar:

La reterritorialización colonial —en tanto despliegue de violencia material y simbólica— no produce campos de rosas, sino de cuerpos, no huele a azahares, sino a sudor y sangre, y no emerge de ella una modernidad redimida en las ideas, sino inculpada por una muchedumbre de fantasmas. La historia cultural latinoamericana, signada por el trauma de continuas olas de desposesión, violencia y luchas, no permite la clausura del pasado, que regresa espectral en la escritura. Corresponde a la crítica conjurar esos espectros.

Es relevante leer a contrapelo los documentos coloniales, pues, como afirman Quijano y Segato, los patrones de la colonialidad no han desaparecido. El documental "A History of Pearls" (2019) es revelador ya en su título: no hay en él ninguna referencia al origen colonial y esclavizante de gran parte de las perlas comercializadas en Europa desde el siglo XVI. Sus imágenes muestran las perlas casi únicamente como ornamentos aislados, sin sus condiciones de producción —al igual que en los documentos coloniales, miles de personas esclavizadas acechan a modo de espectro detrás de cada perla—. Walter Benjamin escribe: "El pasado trae consigo un índice secreto que lo remite a la redención. ¿No nos sobrevuela algo del aire respirado antaño por los difuntos?".

En la página web de la empresa salmonera Aquachile ocurre algo semejante: imágenes elegantes de salmones en venta, sobre fondos ajenos a sus condiciones de producción, sin ninguna referencia a los trabajadores que han debido padecer para que la empresa siga operando.

Para que una empresa deje morir a sus trabajadores en el sur global en función de su producción y crecimiento, tuvo que haber antes una empresa colonial que implementó un sistema político-económico sustentado en la explotación masiva de personas en función de la mayor cantidad posible de ganancias, como lo fue la industria perlífera española en el Caribe. Pienso otra vez en Manuel Matus, en Víctor Guerrero, en Damián García. Pienso en los indios lucayos que Las Casas vio consumirse en pocos días bajo el agua. Entre unos y otros hay un mar entero de siglos, pero es el mismo mar, y baja hasta el fondo la misma cuerda.

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